Cuarta muestra
Los pastores de El Hierro han sido tejedores de caminos que deambulaban por la isla como quien recorre un libro abierto escrito en la memoria de los Viejos. Auténticos guardianes del silencio que sabían leer el territorio en las estrellas y las fibras de la lana. Sabían también que cada oveja era única y especial, que merecía ser llamada por su nombre y color –bermeja, bremeja, pintada, pintada berrenada, berrenda, blanca, blanca reblanca, firanca, blacafiranca, careta, chocalla, cogoteja, cómbaca, combaca jumenta, embracafiranca, ambracasa, entojada, manajaisa, exínafa, lora, melada, jorana, majorera, manchada, matusca, mérusa, negra, omana, omanamástuca, pípana, píntada, píntada berrenada, rebosada, cogojeta, sínafa, tarrajona o morada–*. Los antiguos que habitaban la intemperie y la lejanía sabían que cada oveja llevaba escrita en el lomo una historia distinta y que nombrarla era reconocer su singularidad y diferencia. En esa enumeración de vocablos ancestrales no había una clasificación metodológica, sino un acto de cuidado y sabiduría heredada que impedía que cada oveja se diluyera en la masa del rebaño. Cada nombre era una forma de gratitud y cariño porque la diversidad es riqueza y abundancia.
La lana conecta lo animal y lo humano, lo ancestral y lo simbólico, lo sagrado y lo pagano, lo que fue y lo que aún puede ser. En las mantas y talegas pervive la memoria del cuerpo de ovejas y carneros, un vellón que se va trenzando y curtiendo en un pulso pausado con el territorio mientras absorbe el sol que cae sin prisa y la humedad que se queda a vivir entre sus fibras. La lana nació para abrigar-nos, aprendió a guardar el calor, los gestos, nuestras historias y en cada hebra queda impresa la respiración del animal, el ritmo de su caminar y la paciencia con la que habitó el paisaje.
Los telares en el Hierro han sido abrigo y supervivencia, refugio para generaciones de mujeres que sentadas frente al hilo sostuvieron la vida mientras el mundo sucedía fuera. En su movimiento mecánico se guardan memorias y en los surcos de la piel canciones susurradas, duelos contenidos y saberes transmitidos sin papel. Tejer es un gesto que las manos reconocen como propio, un acto pausado que parece pequeño, casi doméstico, donde hebra a hebra el tejido se construye sin ruido, sosteniendo el tiempo necesario para que algo tome forma y figura. Tejer es volver a la mueca aprendida, al movimiento repetido por manos distintas que lavan, carminan, cardan, hilan y construyen futuro trabajando sin urgencia. Tejer es decidir unir en lugar de separar, reparar en lugar de desechar y permanecer cuando todo invita a pasar de largo y olvidar. Hebra a hebra, el tejido como una forma de vida se construye en silencio, convocando tiempo, atención y presencia siendo en esa repetición paciente, como respirar, donde el hilar se convierte en una forma de posicionarse en una política del cuidado, del vínculo y la atención a lo frágil.
Hoy la lana cae al suelo convertida en peso inútil, sin destino, en algo que parece que estorba, se amontona en sacos o se abandona en el campo como si ya hubiera cumplido su función primera de abrigar al animal. Pero en su en-volver la lana también transporta, porque entre sus fibras viajan semillas casi invisibles que se enganchan al caminar del rebaño y el roce con la tierra. Esos embriones también guardan la memoria de la manada y el pastor, del monte y la lluvia, la trashumancia y el regreso, el arriba y el abajo, el antes y el después. La lana se convierte así en fragmentos de paisaje, en portadora de posibilidades y promesas sembradas que están por germinar.
(*) Un caso de Bilingüismo en canarias: Los nombres de color de ovejas y de cabras en la isla de El Hierro, 2000. Maximiano Trapero. Editado Cabildo de Gran Canaria.
Textos de muestra:
Alexis W
Fotografías proceso y obra:
Ampi Aristu
Fotografías inauguración y clausura:
Marcos de Paz