Quinta muestra
Isla de Ferro es una tierra con alma de lava, un paraje de belleza áspera y corazón de galga rota donde el territorio insular se eleva en el mar como una superficie herida, consolidada y tallada por el fuego. Aquí el volcán no es solo origen geológico sino un útero simbólico donde la isla emerge endurecida y fragmentada, donde las piedras son memoria del incendio y una promesa de permanencia.
Galga, risco, tabona, boliche, laja, lajón, lajita, esquina, bimba, tosca, callado, molinera, bomba, tenique, matacán, roca, roque, raja, machango, cerda, tolmo, cabeza, cara o piedra son formas y maneras que tienen los insulares para referirse a la corrida petrificada del volcán. Esta rica nomenclatura no es un simple inventario mineral sino una gramática del territorio, el testigo y pervivencia de una manera de habitar y domesticar un paisaje salvaje y primigenio. Cada término revela una cultura que necesitó aprender a leer y entender el escenario isleño como la única manera de amansarlo y hacerlo habitable. Esta cantidad de nombres con que los herreños clasifican o se refieren a las semillas del volcán, hablan de un conocimiento profundo del suelo que pisan, donde la jerga se vuelve una herramienta de precisión, como si cada tosca fuera una palabra bien colocada en el lenguaje de la pared.
Descifrar el idioma de las tabonas implica aceptar su silencio porque no hablan con palabras, sino con peso, textura, forma, tamaño o color. Su dureza y resistencia no son sólo propiedades físicas, sino que forman parte del imaginario colectivo, porque la identidad insular se ha forjado en esa tensión entre fragilidad y resistencia.
La isla está llena de paredes y portillos que re-dibujan el paisaje, líneas de contención que atraviesan laderas, cruzan montañas y trazan caminos. No son solo fronteras o muros que excluyen sino estructuras que ordenan y hacen posible la vida en una tierra que siempre espera el milagro de la lluvia. Detrás de esta forma de poblar existe una ética del esfuerzo. Generaciones y generaciones de herreños han reverenciado sumisos el suelo que pisan, agachando el lomo y recogiendo fragmentos dispersos, ordenándolos piedra sobre piedra para tejer en ese gesto repetido y casi litúrgico una forma de ser y estar. Aquí domesticar el territorio no ha sido someterlo sino escucharlo, porque cada pared es el resultado de un acuerdo necesario entre la gravedad y la voluntad humana, donde las manos buscan el encaje preciso y el equilibrio improbable. En El Hierro las paredes se han levantado como una aspiración de permanencia, como una obra coral donde el tiempo y una sabiduría natural han sido los principales arquitectos. Caminar entre los caminos abrazados por estos muros es transitar por el recuerdo de un universo donde las bimbas alineadas con paciencia y aparente desorden son restos de una memoria que sigue organizando el silencio y la mirada.
Habitar esta roca rodeada de agua y azul implica reconocer el suelo como límite en una patria pétrea donde no hay arquitectura del exceso ni floritura sino economía de recursos. Las paredes de El Hierro son archivos sin papel, bibliotecas minerales donde se escribe la crónica de un pueblo que supo transformar la escasez en estructura, posibilidad y milagro. En esta isla la cultura y poética de la piedra no pertenece sólo al pasado porque es la mejor metáfora para entender la relación entre nuestra identidad y el territorio, un modo de estar que no impone, sino que construye con lo que hay. Entender el lenguaje de las piedras es descifrar el alma de la isla.
Textos de muestra:
Alexis W
Fotografías proceso y obra:
Ampi Aristu
Fotografías inauguración:
Marcos de Paz